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Salud y derechos sexuales y reproductivos, ¿cuánto hemos avanzado?
Autora:
Laia Ruiz Mingote.
 

La defensa de la Salud Global tiene en la estadística una fuente de información necesaria siendo, asimismo, un terreno resbaladizo y algo ambiguo. Por eso, a veces depende de quién te hable, o de los datos que se utilizan, para recibir un alarmante mensaje o una sobreestimada esperanza. El área de los derechos y la salud sexual y reproductiva, en concreto la mortalidad maternal, es un claro ejemplo.


La salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres (DSSR) no son universalmente reconocidos y garantizados. Cada día aparecen informaciones de continuas vulneraciones y ataques a estos derechos (e.g. La tragedia de las niñas-novia, El País 26-04-2010). Así las cosas, nos encontramos frente a la urgente necesidad de prestar la atención debida a los derechos de las mujeres, incluidos los vinculados a los derechos sexuales que no siempre van ligados a la reproducción.

El pasado viernes 16 de abril se presentó en Madrid el resumen ejecutivo Ayuda eficaz para mejorar la salud y los derechos sexuales y reproductivos: estudio de casos en Etiopía, Níger y Senegal realizado por la Red Activas en el marco de las Jornadas Ayuda eficaz para mejorar la salud y los derechos sexuales y reproductivos: desafíos en un sector en cambio. El informe, presentado por la Directora de Red Activas, Marta O’Kelly, se centra en el impacto que la aplicación de la agenda de la eficacia de la ayuda, desarrollada a partir de la Declaración de París, ha tenido en la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres analizando la situación en tres países en concreto (Etiopía, Níger y Senegal).

Pocos días antes, la revista médica The Lancet, publicaba un estudio (Maternal mortality for 181 countries, 1980- 2008: a systematic analysis of progress towards Millennium Development Goal 5, Hogan et al. (Disponible con registro previo gratuito aquí en inglés) en el que se demuestra el descenso lento pero continuado de la mortalidad materna. Este artículo suscitó un intenso debate entre activistas de los derechos y salud de las mujeres.

Como explica Denise Grady en el artículo Maternal deaths decline sharply across the globe (disponible aquí en inglés), el editor de The Lancet, el Doctor Richard Horton, recibió algunas presiones para retrasar la publicación del estudio por el temor a que las buenas noticias desviaran la atención de la emergencia real en la que se ven envueltas millones de mujeres en el mundo.
Leyendo el estudio de The Lancet efectivamente hay un margen más amplio para la esperanza en la consecución del Objetivo para el Desarrollo del Milenio 5 (ODM5) que en el informe elaborado por Red Activas. Y no es porque hablen de datos distintos ni situaciones diferentes. La realidad es que las dos publicaciones son la cara de una misma moneda, o diferentes interpretaciones de una misma realidad. De hecho, ambos recalcan la necesidad de seguir trabajando, de aumentar los fondos y la eficacia de las estrategias. ¿Cuál es, pues, la diferencia?

La mayor diferencia estriba en qué se considera mortalidad materna y la contabilización de las muertes directas (las resultantes de complicaciones obstetricias del embarazo desde intervenciones, omisión o tratamiento incorrecto o una cadena de eventos resultado de cualquiera de las anteriores) y las indirectas (resultantes de una enfermedad existente antes o desarrollada durante el embarazo y no directamente relacionada con causas obstetricias pero que durante el embarazo se han visto agravadas).

El debate lleva mucho tiempo sobre la mesa ¿qué datos consideramos?¿cómo contamos? Puede parecer una nimiedad, y puede que lo sea. Dependiendo de cómo contemos, los resultados de nuestras intervenciones varían ostensiblemente como se explica en el artículo What you count is what you target: the implications of maternal death classification for tracking progress towards reducing mortality in developing countries publicado en el Boletín de la OMS en febrero de este año(disponible en inglés aquí). Con varios ejemplos reales, el estudio muestra las diversas lecturas de las intervenciones para la reducción de la mortalidad materna y cómo, según los datos que leas, puedes tener resultados más o menos alentadores. En el caso de Ghana, por ejemplo, el gráfico muestra el descenso en la mortalidad materna después de la intervención tomando todas las cifras y desglosándolas después según si son directas o indirectas. El gráfico demuestra que las intervenciones dirigidas a reducir la mortalidad materna directa obtienen un descenso de las mismas, pero no influyen en las indirectas.

Fuente gráfico: Informe OMS.


Así, por ejemplo, la primera recomendación del resumen ejecutivo de Red Activas insta a la cooperación española que “empiece a considerar esta cuestión igual de prioritaria que la lucha contra el VIH/Sida o el acceso al agua y cree un fondo específico para luchar contra la mortalidad materna” (pág. 18). Esta petición, totalmente legítima, pone en evidencia esas diferencias a la hora de establecer qué englobamos en mortalidad materna: el estudio de Hogan et al incluye las muertes relacionadas con el VIH en sus cifras, como casos de mortalidad indirecta. Por tanto, según los resultados del estudio publicado en The Lancet la petición del resumen podría perder parte de su sentido, ya que la respuesta frente al VIH/Sida debería formar parte de las estrategias de prevención de la mortalidad materna en concreto y en general de DSSR.

Este baile de números, pues, puede hacer creer que no se está prestando la atención debida o que las intervenciones no son efectivas (cuando no se distingue entre directas e indirectas) o que  se avanza más de lo que se creía (cuando sí se distinguen). Eso no quita que los grupos que han hecho ambos documentos sean conscientes de la necesidad de mejorar las intervenciones para que el descenso por año de la mortalidad materna llegue al 5.5%, porcentaje de descenso anual que hubiera sido necesario desde 1990 para cumplir el ODM5.

Las numerosas necesidades en materia de Salud Global a veces hacen caer en la tentación de ostentar estadísticas y números entre las distintas áreas como forma de reivindicar más atención. Y pese a que los datos son necesarios, a veces las discusiones acaban derivando en un nudo gordiano. Contraponer necesidades igualmente importantes sólo distorsiona la realidad, la fracciona e impide una actuación verdaderamente integral y comprehensiva. El debate sobre las cifras sigue sobre la mesa y hasta no tener un sistema universalmente aceptado y utilizado continuará. Ahora bien, este debate no puede hacernos perder de vista el objetivo real: garantizar la salud a las personas. En el caso concreto de los DSSR hemos visto estos días un baile de cifras que, sin embargo, no enmascaran la verdad: millones de mujeres sufren por el hecho de ser mujeres. Y aunque sólo fuera una mujer, eso no es éticamente aceptable. Por tanto, la mejora de las intervenciones en DSSR y en Salud Global son un imperativo ético que va más allá de cuántas personas sufren. Al fin y al cabo, la salud es un derecho humano fundamental. Y por ende, debemos comprometernos a que todas las personas lo tengan asegurado.

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