En la situación de crisis económica actual la eficacia de la ayuda toma nuevamente relevancia. El caso de los programas verticales centrados en una enfermedad, el VIH/Sida, no es una excepción. Durante la XVIII Conferencia Internacional del Sida varios paneles de discusión se centraron en este tema, desde la perspectiva de cómo afectan las intervenciones centradas en el VIH en la consecución de los otros Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y otras necesidades en salud global y la necesidad de integrar los distintos servicios de salud.
Aún a sabiendas de que los programas que buscan reducir el impacto del VIH/Sida en la vida de millones de personas no están sobre financiados sino que en general se dedican pocos esfuerzos económicos a la cooperación, la crisis económica está provocando una reducción de los fondos destinados tanto al VIH como a otras necesidades de salud global. Durante los seis días que duró la Conferencia Internacional del Sida en Viena, la preocupación por los recortes fue una constante. Lejos de amedrentarse, los activistas reclamaron el cumplimiento de las promesas hechas. Sin embargo, se fue más allá y varios paneles y presentaciones se centraron en demostrar cómo los esfuerzos económicos destinados al VIH tienen un impacto positivo tanto en el control de la pandemia como en el cumplimiento de otros objetivos de cooperación y salud global. Y en cómo mejorar la eficacia de la ayuda asegurando una mejor integración de servicios.
Una de las sesiones más interesantes sobre este tema fue la del 19 de julio “Impacto de los programas de VIH en otros servicios de salud”. En esta sesión se presentaron distintos estudios hechos en países del África subsahariana en que se analizaba el impacto de los programas centrados en el VIH en otras intervenciones de salud. Los cinco estudios mostraban un efecto positivo en menor o mayor medida. Por ejemplo, en el estudio presentado por James Ndirangu del Africa Centre in South Africa, se demostró que los menores de cinco años con o sin VIH cuyas madres VIH positivas recibían tratamiento antirretroviral tenían cuatro veces más posibilidades de supervivencia que si sus madres no recibían el tratamiento. Asimismo, Lucie Blok del Royal Tropical Institute de Ámsterdam, analizó el impacto de los programas del VIH en el fortalecimiento de sistemas de salud (FSS) de seis países del continente. El estudio cualitativo confirma el FSS en referencia a los recursos humanos, la mejora de infraestructuras y el compromiso de la comunidad. Entre los efectos negativos se mostró una duplicación de los programas y algunas deficiencias en recursos humanos porque en algunos casos se promociona excesivamente la formación –con los respectivos incentivos económicos- con lo que el personal sanitario puede acabar pasando menos horas de consulta.
Sin embargo, la principal y más interesante conclusión fue que los efectos tanto positivos como negativos no habían sido planeados o tenidos en cuenta. Simplemente sucedieron. Para una verdadera integración de estrategias, un impacto positivo mayor y reducción de los efectos negativos, se han de planificar y tener en cuenta todos los efectos que un programa puede tener en otros servicios de salud y viceversa.
Otras sesiones se centraron más en cómo llevar a cabo esta planificación para mejorar los beneficios en otros servicios. Éste fue el ejemplo de la sesión satélite “Integración inteligente: retos y éxitos en expandir el acceso a servicios de VIH, Sida y otras necesidades”, del 20 de julio. En esta sesión se debatió cómo mejorar la eficacia y reducir duplicaciones o limitaciones a través de los programas de VIH. VIH, tuberculosis (TB), salud sexual y reproductiva… conseguir que todos esos servicios estén, por ejemplo, en una misma clínica. Y que el personal sanitario sea consciente que la persona que tiene delante es mucho más que una enfermedad, que sus necesidades van más allá de un tratamiento específico y que, al vivir, por ejemplo, con VIH y TB es importante que los fármacos sean compatibles. O que durante el embarazo, las mujeres reciban consejo sobre el VIH y la TB y se les ofrezca hacerse las pruebas –y acceder al tratamiento si es necesario- in situ. Algo a priori razonable pero que no siempre se da, obligando a veces a una persona a hacer numerosas visitas a distintas clínicas y profesionales. Para ello es importante que al diseñar los programas para abordar el VIH se haga un mapeo del contexto, se analicen las necesidades específicas de las poblaciones a las que van dirigidas y se establezcan indicadores que, además de permitir ver el avance en la materia, se pueda analizar y potenciar los beneficios adicionales en otros servicios. Un ejemplo sería que el personal médico especializado en VIH de una clínica tenga una relación fluida con el personal que trata la tuberculosis y puedan establecer una estrategia conjunta al tratar a las personas.
En este sentido, la sesión de la Aldea Global “Deslizándose entre las grietas: mujeres, niñas y enfermedades infecciosas”, del 22 de julio, dio la voz a mujeres usuarias de los servicios. Se recalcó, por ejemplo, la necesidad de incluir el diagnóstico y tratamiento de TB en los servicios de salud sexual y reproductiva como ya se ha hecho con el VIH, ya que la TB aumenta hasta cuatro veces el riesgo de morir de las mujeres durante el parto y dos veces el riesgo de nacimiento de bebés prematuros o con bajo peso. La necesidad de fondos para los distintos programas es acuciante y durante la sesión se insistió en que se ha de mantener la financiación a los programas de VIH y aumentar los fondos de otros servicios, pero asegurando una mejor planificación para potenciar los beneficios mutuos. La activista en TB y VIH, Carol Nawina Nyirenda, puso el ejemplo del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria indicando que éste ha tenido un impacto positivo en el resto de servicios de salud de su país, Zambia. “El Fondo funciona y necesita mantenerse, como el resto de programas de control del VIH. Hay cosas a mejorar, como en todo, pero funciona. Ahora dicen que estamos preocupados por los fondos y no es verdad. Estamos en estado de pánico. Nuestra vida depende de programas como el Fondo”, dijo Nawina para acabar su intervención.
La contraposición de necesidades médicas ha provocado el aislamiento en las respuestas. El Director Ejecutivo de ONUSIDA, Michel Sidibé, lo expresó muy bien: “Si una bacteria (TB) y un virus (VIH) pueden trabajar tan bien juntos, ¿por qué no podemos nosotros?”. Se trata, pues, de diseñar e implementar estrategias comprehensivas que, además de mejorar el control en la pandemia del VIH, permitan potenciar sus efectos beneficiosos en la consecución de otros objetivos de desarrollo del milenio, fortalecer los sistemas de salud y minimizar las duplicaciones o paralelismos. Es necesario seguir abordando cada problema de forma específica, pero se han de buscar sinergias que puedan potenciar el beneficio de las intervenciones y minimizando los efectos nocivos.
|